Aquellos andarines maratonianos. Los relatos gurriatos del Duendecillo Bolilla

J. C. Sainz de los Terreros (Representante del Duendecillo Bolilla).- Así se les podría calificar a ese “equipo de atletas gurriatos” que, diariamente, con frío o calor, lluvia o nieve, niebla o viento, participaban en la prueba de los “muchos kilómetros marcha”, que eran los que realizaban, cargados con grandes carteras de cuero al hombro, por el circuito urbano, y no tan urbano, de este Real Sitio.
Eran aquellos recordados CARTEROS de los años cincuenta, sesenta y setenta del pasado siglo, a los que hoy dedica su relato el duendecillo, como pequeño homenaje.
Pero no eran atletas bien pagados, ni con buena equipación deportiva, ni con fisios que les atendieran en caso de calambres o torceduras de tobillo. Eran los llamados, entonces, A.C.R., -Auxiliares de Clasificación y Reparto,- pero para todos, los siempre recordados CARTEROS URBANOS DE ESTE REAL SITIO.
Sin embargo, sí estaban obligados a realizar, muy temprano, un “calentamiento previo”, ordenando y clasificando las cartas, postales, telegramas, giros postales y demás elementos, que cada uno de ellos tenía que entregar a sus destinatarios.
Y la recompensa que recibían, era el agradecimiento de todos los vecinos, a los que conocían por sus nombres, y estaban siempre al tanto de sus problemas o enfermedades, ocupándose, en ocasiones, de llevarles hasta medicamentos, ante la imposibilidad de salir de casa.
A pesar de la gran responsabilidad que tenía su trabajo, pues eran los encargados de la guarda y custodia de todo lo que tenían que distribuir a sus destinatarios, su retribución económica no estaba en consonancia con esa gran responsabilidad, a la que tenían que responder en caso de pérdidas, cosa que le ocurrió a alguno de ellos.
En solitario, con su pesada cartera de cuero al hombro, también llamada valija, y una mano llena de cartas entre los dedos, se ponían “pies a la obra” iniciando la larga ruta que cada uno tenía asignada, partiendo de la Oficina de Correos, situada en la calle Floridablanca, frente al quiosco de Doña Crescencia “La Barquillera”, para entregar la correspondencia a sus destinatarios, cubriendo numerosos kilómetros diarios, con su uniforme gris, fresco para el calor, y azul, de tela más gruesa para el frío, y su correspondiente gorra de plato.
Otro elemento que les acompañaba, era un buen silbato de metal o “pito”, que con su sonido, anunciaba su llegada, para que los vecinos bajaran al portal, -no existían los buzones,- y recoger los envíos que les correspondieran, y si vivían en pisos altos y no podían bajar por lo que fuere, descolgaban una pequeña cesta atada a una cuerda, donde le depositaban su correo.
Y según el duendecillo, tambíén se cuenta, que en las casas que tenían aldabas en la puerta, se utilizaban, en lugar del silbato, según señales convenidas. Por ejemplo, si tenía que bajar al portal el vecino del piso tercero derecha, hacían sonar tres aldabonazos, y si era el de la izquierda, sonaban tres, más un repique.
La entrega en los chalets era más fácil, pues con un simple grito de ¡El cartero!, salían enseguida a recoger sus cartas. Y todavía más fácil y rápida, cuando te encontrabas a uno de ellos por las calles del pueblo y le preguntabas, ¿hay carta para mi?, y si así era, te la daban.
Era casi imposible que se devolvieran cartas. Aunque solo figurara el nombre del destinatario o algún dato sobre él, se entregaban, pues los antiguos carteros conocían su dirección de memoria. Un ejemplo, el de las cartas que iban dirigidas “para entregar al Maestro Alonso”, o “señor cartero, entregue esta carta al maestro granadino, que está en verano en San Lorenzo de El Escorial”, enviadas por los admiradores del gran artista, creador de la música del Himno a la Virgen de Gracia.
Su jornada laboral finalizaba, cuando la gran cartera quedaba vacía, fuera la hora que fuera. Durante el verano, por la afluencia de veraneantes, y en Navidad por el aumento de la correspondencia por los numerosos “crismas” que se enviaban, -hoy prácticamente desaparecidos- la jornada era más larga de lo habitual, sin cobrar horas extraordinarias.
Pero la jornada laboral no terminaba aquí, pues la mayoría eran pluriempleados, dedicando las tardes a otros trabajos, ya que la economía familiar lo necesitaba.
En Navidad, no faltaba la entrega de una tarjeta de felicitación de las fiestas a los vecinos, a veces con alguna dedicatoria en forma de poesía, que era correspondida con la entrega de un aguinaldo en metálico o en especie.
“Con la nieve y el frío, sin descanso/llevo cartas y noticias a mi paso./
Hoy, en Navidad, con gran alegría,/ te deseo Paz, Amor y Armonía”.
Para valorar la importancia que tenían aquellos antiguos Carteros en la vida de las personas, -muchas ya mayores, era la única persona que veían durante todo el día- el duendecillo tiene guardado en su baúl mágico, una pequeña historia que lo atestigua:
“El abuelo vivía solo en un pequeño pueblo, en el que no había mucha gente con la que poder hablar. Un día, entregó a su nieto mayor que vivía en la ciudad y venía a verle de vez en cuando, 50 sobres vacíos, solo puesta su dirección, indicándole que, cada cuatro o cinco días, echara uno en el buzón de Correos de su calle.
-¿Y para qué, abuelo? ,le preguntó su nieto sorprendido por el extraño encargo. Porque el cartero, que es muy “hablao” y de buena conversación, tendrá que venir a verme para entregarme el sobre, y yo le esperaré en el corral, con un vaso de vino y un poco de chorizo, y raro no será, que no echemos un rato de charla”.
Aquellos recordados Carteros, “MENSAJEROS” de las esperadas noticias, buenas, alegres y a veces tristes, y que a diario se recorrían este Real Sitio para hacerlas llegar a sus destinatarios, “un ratito a pie, y otro andando”, han pasado a formar parte de la historia de San Lorenzo de El Escorial. Ya no se escucha el sonido de su silbato convocando a los vecinos, ni esa voz de llamada de ¡El Cartero!, ni esa pregunta de “Hay carta para mí” en plena calle, ni la de “¿Ha venido ya el cartero?”. Todo eso queda ya en el recuerdo de muchos gurriatos.
Y como siempre, si este relato ha servido para pasar un buen rato, recordando y añorando, el duendecillo del Monasterio estará encantado.




