Alfonso Fiscowich, un diplomático justo

Imagen del “Riga Ghetto and Latvian Holocaust Museum” donde aparece un panel informativo sobre Alfonso Fiscowich.
José Antonio Perea Unceta.- Durante la persecución de los hebreos por el régimen nazi y las autoridades colaboracionistas de los países ocupados durante la Segunda Guerra Mundial destacó la ayuda prestada para su protección y refugio por algunos diplomáticos españoles, como Ángel Sanz Briz (Encargado de Negocios en la Embajada en Budapest), José Rojas y Moreno (Embajador en Rumanía), Julio Palencia Tubau (Embajador en Bulgaria), Eduardo Gasset y Díaz de Ulzurrum (Cónsul en Atenas y Sofía) o Juan Schwartz Díaz-Flores (Embajador en Austria hasta la anexión en 1938).
Ellos habían desarrollado la carrera diplomática, lo mismo que otros licenciados en la Universidad María Cristina de San Lorenzo de El Escorial. Así, en el prontuario de la Asociación de Antiguos Alumnos de 1967 se encuentran, además del ex Ministro de Estado José de Yangüas Messía, los diplomáticos Francisco José Palanca Morales, Guillermo Quintana Pradena, Luis Alonso Pombo, Rafael Rodríguez-Moñino Soriano, Juan Felipe Panero y también Alfonso Fiscovich Gullón (1868-1972). La primera noticia que tuve de este último diplomático mariacristino es una noticia breve en la prensa sueca en la que se da cuenta de su partida, siendo jefe de la legación diplomática española en Estocolmo entre 1934 y 1936, después de haber respondido al Gobierno de Madrid mediante telegrama de 27 de julio que mantenía su adhesión al Gobierno republicano por lealtad institucional. Sin embargo, al comprobar la defección del embajador en Berlín, en su paso por esta ciudad en la que había estado destinado durante la Gran Guerra (casándose allí con una aristócrata de familia militar), decide sumarse a la sublevación. En Estocolmo sería, por cierto, sustituido por la primera española embajadora: la actriz y escritora Isabel Oyarzábal Smith.
Alfonso Fiscowich, después de pasar por diferentes consulados, termina sustituyendo en 1943 a Bernardo Rolland de Miota, Cónsul General en París y Vichy, un activo defensor de los hebreos de origen español inmovilizados en Francia y amenazados permanentemente con ser deportados a los campos de exterminio alemanes. Este diplomático, pese a su contradictorio realineamiento, decidió defender la legalidad y la justicia -dos instituciones no siempre equivalentes en tiempos oscuros- frente a las autoridades alemanas ocupantes, especialmente la temida Gestapo, y frente a su Ministro de Asuntos Exteriores, primero Francisco Gómez-Jordana y después José Félix de Lequerica, precisamente Embajador en París hasta este relevo en agosto de 1944. Su argumento principal fue hacer valer que la interpretación de una norma española -el Real Decreto de 20 de diciembre de 1924 del Directorio Militar de Miguel Primo de Rivera por el que se permitía obtener la nacionalidad española a los que acreditasen su origen español- era una competencia soberana, discrecional y exclusiva del Estado de España, que no podía ser violentada ni interferida por el Tercer Reich o por el Gobierno de Vichy. De esta forma dio pasaportes españoles a cientos de sefardíes, primero tras convencer de ello al Ministerio y después incumpliendo sus órdenes, al cambiar de criterio el Gobierno español para no enemistarse con Alemania.
En 1936 fue primero legal y después sustituyó la legalidad por su concepto personal de justicia. En 1943 consiguió una interpretación justa de la legalidad vigente y después fue justo pero contrario a la legalidad dictada por su Gobierno. Sus contradicciones salvaron, desde luego, muchas vidas en aquellos años aciagos de dominio nazi de Francia. Quizás recordó las clases en María Cristina en las que se intentaba desvelar el auténtico sentido de aquellas frases de San Agustín, crípticas hasta que hay que actuar: “Donde no hay caridad no puede haber justicia” y “la necesidad no conoce leyes”.
En el Museo Yad Vashem de Jerusalén se ha reconocido como ‘Justos entre las Naciones’ a algunos de los diplomáticos españoles que contribuyeron a salvar de la persecución genocida a los hebreos sefardíes, de origen español, con diversas artimañas legales o simplemente engañando a las autoridades alemanas o colaboracionistas. Entre ellos están Ángel Sanz Briz (‘El Ángel de Budapest’), Santiago Romero Radigales (Cónsul General en Atenas), Eduardo Propper (Primer Secretario de la Embajada en Francia) y José Ruiz Santaella (Agregado en la Embajada en Berlín). También Alfonso Fiscowich merece -en palabras del profeta Isaías- un nombre permanente (un yad vashem) que nunca será olvidado.




