45 años y muchos más del Cafetín Croché

Jesús Sainz de los Terreros.- Para celebrar los primeros veinte años de vida, decidí escribir sólo, sin velas, a la luz de mis recuerdos, aquellas sensaciones y vivencias que durante muchas horas de mi vida viví en el Cafetín Croché.
En este año de 1.981 nació el Croché y lo hizo sin prepotencia, sin petulancia, de forma sencilla, sin querer darse importancia, como queriendo llegar a este mundo sin alharacas. Por eso no quiso ser Café, pues, petulante sería, intentar emular a aquellos viejos, destartalados y tertulianos cafés del siglo XVIII, XIX y principios del XX, y se quedó en Cafetín, utilizando un diminutivo para no molestar a la Historia. ¿Se inspiró Manolo en los aquellos Levante, Pombo, Comercial, Lorencini, Príncipe o en el Café Gijón, o simplemente hablando con su mujer, concibieron esta maravilla que hoy se llama Cafetín Croché?
Entrar en El Croché, es escuchar cómo se para el tiempo. Un reloj antiguo, en el frente de la barra, lo miras y estás parado en el tiempo. Las agujas dejan de recorrer la esfera del reloj y se mantienen firmes. Sea la hora que sea, se entra a las diez y diez y siempre se sale a la misma hora, las diez y diez. La barra del Croché es diferente a las demás porque la decora una magnífica obra de arte de 8 metros de croché, elaborada por las manos de Maruja Martín en 1.983 y guardada, como las grandes obras de arte, bajo una urna de grueso cristal. En esta preciosa barra me siento en mi rincón, mi atalaya preferida para ver y no ser visto, bajo la colección de bastones, que creo que fui el único que consiguió liberar un bastón del soporte que los tiene prisioneros.
El Croché se despierta tarde. Le gusta apurar los posos de la noche y claro, por las mañanas se le pegan las sábanas de la holganza. Allí, ya florecida la mañana, a la hora que las manecillas de los relojes, muy juntas, rezan el “Ángelus”, allí a esa hora, comienzan a entrar los primeros cafeteros, lectores de los periódicos del día.
Después, hacia las dos del mediodía, el vino empieza a poblar la barra, nunca sólo, siempre muy bien acompañado por alguna tapa, lo que aquí llaman “un uno” y que siempre suele ser antesala del primer sorbo del buen vino del Marqués de Riscal, que te sirven en grandes y acristaladas botellas que se parecen a las recias piernas de una mujer con medias de malla. Es la hora del que viene de trabajar a tomar sus dosis de uva antes de ir a comer.
Aquí se va a picar y como dice la Carta, se puede “picar a cualquier hora”. Puedes empezar con unas tostadas de changurro de bonito y unos boquerones Victorianos en vinagre. Seguir con unas albóndigas de ternera que te harán olvidar las fiebres y enfermedades vacunas. Si te queda todavía algo de hambruna, después de mojar pan en su espesa y bien ligada salsa, pruebas la tarta del Cafetín, hecha en casa con frambuesas, que algún pastelero famoso envidiaría. Tiene preparada una Carta que parece dirigida directamente al buzón de los más exigentes.
A partir de las cuatro de la tarde, el Croché cambia su decorado. Es la hora del café y el Croché se transforma en alfil, reina, o caballo; es la hora que es damero o fichas de colores, cubilete y tacos de marfil con la numeración escrita en el lomo.
Cuando se acercan las diez de la noche, cirios y velones se encienden para competir con las estrellas del cielo de la noche escurialense. A esa hora, la barra del Croché parece un altar mundano con sus velas encendidas, mientras dentro las parejas parecen que rezan juntas su rosario de amor y por las radios mudas un gregoriano moderno ameniza la celebración.
Y a todas horas, Manolo Míguez, figura estilizada de Botero, hace su particular paseíllo, que lo realiza como nadie, ya que para esto de la hostelería y la restauración hay que ser muy torero.
Del Croché me gusta todo. La tenue luz de sus lámparas bronceadas, su decoración modernista del techo y de las lamparitas de colores de las mesas. Me gusta la luz de las velas al anochecer y la que se filtra por las ventanas, luz suave y sin resol pues trasladan fielmente la penumbra del callejón de San Lorenzo. El Croché mira hacia dentro, no tiene ventanales para mirar sin tener que ver pasar a nadie, ni que nadie te mire al pasar. Me gusta que sólo tenga un espejo porque los espejos no te quieren, te sacan todos tus defectos y acabas odiándolos. Me gusta que dijeran NO a la televisión. Sabia decisión a pesar de que el magnífico “gregueriano” Gómez de la Serna dijo que “de una bella espalda descotada nació la televisión”. Pero dijeron SÍ a las radios de madera, algo caducas y ya secas de voz que decoran el Croché.
El Croché tiene tres estancias y en cada una de ellas la decoración se parece a un pequeño y personal rastrillo que huele a rancio abolengo de lo antiguo. El ocre color de sus paredes se debe de adivinar casi tapado por colecciones de postales y fotos antiguas amarillentas recordando aquel otoño que fue. Cuadros en los que se guardan colecciones de vitolas o de cajas de cuchillas de afeitar, de papel de liar cigarrillos o de postales escurialenses. Cartelería romántica de Moët Chandón, de anuncios estomacales cómo el de Saiz de Carlos o el famoso cartel de Matías López. Es difícil entender que todos estos objetos hubieran existido alguna vez pero cierto es que dieron su uso silencioso para luego ser desahuciados y que en su inutilidad cuelgan de las paredes para nutrirse de su pasado.
Antes de bajar a la cripta del Croché, se pasa por la zona de esas tertulias de dos que juguetean y se besan ante la atenta mirada de un monaguillo de cartón, guarda y vigilante de amoríos. En las paredes, una colección de billetes antiguos, junto a un billete de 1.937 del Consejo Municipal del Escorial de la Sierra de 50 céntimos, moneda que circuló por estos parajes durante la Guerra Civil. Una barquillera chulesca de latón, quizás recordando a la buena de Doña Crescencia, a las niñeces del parisien o a los rubios barquillos de dos o tres vueltas, hace guardia junto a una gramola antigua, muda también como las radios de madera que decoran el Croché.
El Croché, como todo café que se precie, tiene su zona abovedada en el sótano, cueva granítica, a la que se accede por una escalera decorada al estilo de todo el Cafetín.
Cuando la poesía se durmió, despertó en la cripta del Cafetín Croché y allí, nacieron los premios de Poesía y de Cuentos de la culta mano de Mary Cruz con la sana intención de fomentar la creación y la difusión poética y literaria. Y allí también nacieron las tertulias de la mano, creo, de Manuel Andújar, donde se habla de todo lo que a una culta y entusiasta clientela, le haga gozar los sentidos.
Todos los viernes del año haga frío o calor, el Croché celebra en su bóveda granítica, La Noche de Brujas aquelarre mágico y tertulia de ilusión en la que participan los magos y un público apasionado que se deja engañar.
En verano y en esos días azules y soleados de la limpia primavera sanlorentina, la terraza del Callejón es el sitio ideal para que sobre su albero, bien regado, florezcan las plantas de las mejores tertulias, acompañadas, siempre, de algo de picar.
El Cafetín Croché después de 45 años tiene por derecho propio, el título y la condición del café intemporal, del café matritense, el del desayuno y la tapa, el del café de estancias prolongadas, el de los que allí escriben, el de tertulias y amoríos, del café de los premios de Poesía y de Cuentos, de la Magia y de juegos de la oca o del parchís y en donde las conversaciones fluyen sin molestar, como de música de fondo se tratara.
Todo esto y mucho más lo escribí hace muchos años cuando el Croché cumplía veinte y hoy en sus CUARENTA Y CINCO AÑOS DE VIDA, desde una atalaya muy distinta, sentado en una silla de ruedas, lo he querido recordar para felicitar a Mary Cruz y Manolo artífices de lo que hoy es y será el Cafetín Croché que seguro que no ha cambiado nada de lo que escribí hace veinte años y que aquí he contado.




