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1561 en Toledo, Madrid y Guisando: Felipe

Felipe II

Javier Álvarez Wiese.- En agosto de 1559, Felipe II desembarcó en Laredo tras varios años de ausencia de España. A sus 32 años, el rey era un hombre en la plenitud de su vigor, aunque había vivido intensamente. Era el rey de España desde la abdicación del emperador Carlos, su padre, tres años antes y había enviudado dos veces: su primera mujer Manuela de Portugal, había fallecido hacía ya catorce años y la reina de Inglaterra María Tudor, su segunda mujer, había muerto el año anterior. Nunca más volvió a dejar la Península hasta su muerte en 1598. 

Desde su vuelta a España, su largo reinado dejará una huella decisiva en la historia de este país (y de la inmensa monarquía que gobernaba) y, en esos años en los que vuelve a su Castilla natal, surgirán con fuerza en su vida dos grandes ilusiones, dos pasiones: una humana, su gran pasión amorosa, Isabel de Valois, madre de las infantas Catalina Micaela e Isabel Clara Eugenia, ­literalmente “las niñas de sus ojos”­, y otra religiosa, ideológica y artística, su obra más querida: El Escorial. 

Cuando, primero como príncipe y luego como rey consorte de Inglaterra, recorrió buena parte de Europa, Felipe pudo ver y admirar el urbanismo y los edificios e iglesias de las principales cortes de su tiempo, impregnadas de las ideas renacentistas en sus palacios y jardines, tanto en Italia como en Austria, Baviera, Flandes o Inglaterra. 

También había conocido y admirado la pintura flamenca y veneciana, y disfrutado de la música de corte a la que acompañaba una técnica polifónica nueva en los motetes y misas, y también en madrigales y canciones. 

Felipe fue un hombre de su época, culto, interesado y apasionado por el arte en general y, en especial, amante de la arquitectura. Así que pronto empezó a germinar en él la idea de dotar a sus reinos de palacios y jardines a la altura de los que había visto en Milán, Mantua, Múnich o Amberes. Se propuso construir nuevos palacios y reales sitios, renovar los vetustos alcázares medievales en donde se aposentaba la corte castellana, tradicionalmente itinerante y, por eso, desde Gante ­antes de embarcar para volver a España­, mandó llamar por recomendación del Duque de Alba a Juan Bautista de Toledo, arquitecto excepcional que residía en aquel momento en Nápoles y que había trabajado como ayudante de Miguel Ángel en la obra de San Pedro, en el Vaticano, para que se encargara de dar forma a sus proyectos. 

Sabemos que el motivo para la más importante y más querida de las obras de Felipe II, fue la promesa que hizo tras la victoria de San Quintín, en 1557, de construir una iglesia dedicada al santo de Huesca. Por eso, tras la muerte de su padre el emperador Carlos en 1558 en Yuste, cobra fuerza la idea de levantar un monasterio dedicado a San Lorenzo en el que puedan residir los reyes y que sea, además, la última morada, el panteón de la casa de Austria. 

Juan Bautista de Toledo se encargaría de los ambiciosos proyectos del rey y, para comenzar, dibujó la primera traza del monasterio para el que se empezó a buscar un emplazamiento en algún lugar, todavía por determinar, en las sierras al norte de Toledo y de Madrid. Ese mismo año de 1559, como colofón a la paz de Le Cateau-Cambrésis, entre Francia y España, se acordó la boda de Felipe II con Isabel de Valois, hija de Enrique II de Francia y Catalina de Medici. 

La princesa Isabel de Valois tenía 14 años y Felipe 32, había enviudado dos veces y era el padre del príncipe heredero ­el príncipe Carlos, que ya empezaba a dar muestras de su grave trastorno mental­, y de otros dos hijos no reconocidos de su amante Isabel de Osorio. Isabel de Valois, no era una belleza deslumbrante como lo era en aquel momento Ana de Mendoza, princesa de Éboli, pero en conjunto era muy atractiva, de cabellos negros, ojos grandes y expresivos y, sobre todo, irradiaba una dulzura, una simpatía y una amabilidad en el trato que la hacían irresistible. También era muy coqueta, le gustaban los trajes vistosos, los juegos y los bailes ­al fin y al cabo era casi una niña­, y como en seguida aprendió bastante bien a hablar el español, le dio un aire nuevo y alegre a la rigurosa monotonía de la etiqueta borgoñona de la corte española. 

Cuando Isabel y Felipe se conocieron durante las celebraciones de la boda en el palacio del Duque del Infantado en Guadalajara, el rey se quedó prendado de su joven esposa. Dicen que se quedaron mirando en silencio largo rato hasta que Felipe bromeó con Isabel preguntándole si le parecía demasiado mayor y si le veía muchas canas. Fue un flechazo. Felipe se enamoró inmediatamente de Isabel y parece que a ella también le agradó mucho Felipe, que era entonces un hombre rubio, apuesto y todavía joven.

Luego vendría la entrada triunfal de la jovencísima reina en Toledo donde se instalaron en el destartalado Alcázar y donde pasaron un año. Sin embargo, el año comenzó muy mal al no poder asistir Isabel a la gran recepción que se preparó a su llegada por encontrarse indispuesta de lo que resultó ser unas gravísimas viruelas de las que, afortunadamente, se recuperó sin secuelas. 

Durante la enfermedad el rey estuvo muy angustiado y no se separó de la cabecera de la reina hasta su curación. Isabel entró con mal pie en Toledo y nunca le gustó. Además, hubo varias desgracias entre su séquito: dos pajes franceses murieron por su imprudencia durante un festejo con toros al querer mostrar su valentía y otra dama de su séquito se mató al arrojarse desde una ventana por algún motivo que no ha llegado hasta nosotros. Encima, Toledo era una ciudad difícil, de antiquísimo trazado, de calles estrechas, sinuosas y empinadas, sin abastecimiento de agua, sin edificios de tamaño suficiente para albergar a la creciente maquinaria burocrática de la monarquía y cuyos alrededores, áridos y desnudos de árboles, no eran como los bosques de Francia por los que Isabel, excelente amazona, cabalgaba desde niña. 

Isabel, cuando el rey se ausentaba de Toledo, languidecía y se aburría soberanamente en el antiguo alcázar. El rey seguía dándole vueltas al monasterio que proyectaba edificar y a la nueva corte que tendría que estar situada en un lugar en donde pudiera asentarse la monarquía más poderosa de su tiempo. 

El que esto escribe se aventura a creer que las dos decisiones ­la localización del monasterio y la de la corte­, eran en realidad una y la misma, y que edificar el monasterio suponía trasladar la corte a algún lugar que no estuviera muy lejos. En ese sentido Madrid se perfiló como la población que reunía las mejores condiciones. A todo ello, se añadiría el deseo de la reina de abandonar Toledo y pasar a residir a un lugar como Madrid, que no tenía los problemas de agua de Toledo y que estaba rodeado por el norte de una inmensa dehesa que había sido un importante cazadero real desde el siglo XIII. 

Para colmo, el invierno de 1560, que trajo fuertes nevadas y heladas, fue especialmente duro en Toledo. Así las cosas, entre las dificultades para la instalación de la corte en el viejo alcázar toledano, el invierno de 1560 ­que fue de fuertes nevadas y heladas­, y las rivalidades entre el Cabildo de la catedral y la nobleza de la ciudad, la decisión del rey se precipitó y se llevó a cabo, por sorpresa y con celeridad en junio de 1561, el traslado de los reyes al alcázar de Madrid que pasó a ser por el momento una “Villa con Corte”. 

Hay que añadir que todo se había preparado antes, a finales de 1560, cuando el rey, decidido a iniciar su proyecto en algún lugar de la sierra de Guadarrama y convencido de que Toledo no reunía las condiciones para ser la capital de una monarquía moderna, se decidió por Madrid. Además, Madrid estaba más próxima a la zona del Guadarrama donde estaba buscando un lugar para levantar el monasterio. Felipe pasó la semana santa de 1561 en el monasterio de San Jerónimo de Guisando y, no sabemos si a la ida o a la vuelta de Guisando, se decidió finalmente por un paraje llamado entonces el “Cerro de Blasco Sancho” donde, después de la aceptación por parte de la orden Jerónima de hacerse cargo del monasterio y tras los preparativos técnicos ­supervisados por el rey­, por parte del arquitecto Juan Bautista de Toledo y la constitución de un equipo de maestros de obra, capataces y canteros, se colocó la primera piedra del edificio en abril de 1563. 

El traslado de los reyes a Madrid, en junio de 1561 a Madrid, fue provisional al principio y se ocupó el antiguo Alcázar en el que ya se habían acondicionado algunas dependencias .Desde entonces, comenzó la capitalidad de Madrid. Después vendrían los años duros y difíciles para Felipe, sobre todo el fatídico 1568, año en el que muere en julio el enfermo y desgraciado príncipe Carlos y, no mucho más tarde, en octubre, su amada esposa Isabel. 

Al no haber sido madre de rey, los restos de la reina Isabel fueron depositados en el Panteón de Infantes, donde también está el infortunado Príncipe Carlos. A partir de entonces Felipe vistió siempre de negro y se refugió en la obra del monasterio, en donde falleció el 13 de septiembre de 1598 ­el mismo día, catorce años después­, en el que fue colocada la última piedra en 1584.

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